La captura de Saddam no cambia nada Por Bill Press
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Un mundo más democrático rechaza el globalismo de Bush Por Robert Kuttner (Esta columna por Robert Kuttner apareció recientemente en The Boston Globe. La traducción es de Progreso Semanal.) LA BUENA NOTICIA: La democracia está surgiendo en todo el mundo. La noticia incómoda: Mientras más libremente vota la gente, de manera más ferviente rechaza los designios globales de George W. Bush y la visión de Estados Unidos que él proyecta. En el Medio Oriente los pueblos han escogido libremente dos gobiernos que no podían repudiar más la visión de Bush para la región, ni más alarmantes para las esperanzas más amplias de paz y estabilidad –Hamas en Palestina y el Presidente Mahmoud Ahmadinejad en Irán. Hasta en Irak, cuyas elecciones se realizaron bajo el tutelaje norteamericano directo, nuestros sicarios preferidos fueron derrotados decisivamente. En Latinoamérica los electores de Venezuela, Brasil, Bolivia y más recientemente Chile han escogido a gobiernos que en el mejor de los casos son social demócratas y en el peor caudillista-populistas. México, donde Andrés Manuel López Obrador, un radical popular, marcha al frente en todas las encuestas, probablemente sea el próximo. Algunos, como la nueva presidenta de Chile, Michelle Bachelet, son admirables, otros no tanto. Pero ninguno apoya la visión de Bush del globalismo corporativo. Estados Unidos fue en otros tiempos un faro universal. Desde que Estados Unidos asumió el liderazgo global a mediados del siglo 20, los pueblos en todo el mundo lo que más han expresado es ambivalencia. Despreciaron el poder militar norteamericano que con frecuencia instaló a dictadores que sirvieron a Washington y a Wall Street, se enriquecieron ellos mismos y masacraron a los opositores de sus países respectivos; continuaron admirando la democracia interna y la estabilidad de Estados Unidos. Odiaron el imperialismo económico que a menudo convirtió a las economías de esos países en apéndices de la de Estados Unidos; les agradaban los productos de consumo y el desarrollo de tecnologías de avanzada. Resentían la proyección universal de la cultura pop de Estados Unidos a expensas de la suya propia; usaron los jeans, compraron los discos y acudieron a ver los filmes. Los presidentes más eficaces de posguerra navegaron con destreza en esta compleja ambivalencia. Ellos maximizaron lo que la gente en todas partes gusta de Estados Unidos –la apertura, el idealismo, el dinamismo, el apoyo a los derechos humanos universales. A veces los presidentes norteamericanos utilizaban la fuerza, pero trataban de hacerlo después de consultas y de alcanzar consenso. Hasta hace poco, la opinión pública global, al hacer un balance, respetaba a Estados Unidos. Llega George W, Bush. Él ofreció la peor combinación posible de estrategias –pavoneo unilateral, combinado con una promoción de la democracia proclamada escandalosamente. ¿Debe sorprenderse alguien de que las elecciones democráticas produzcan una serie de repudios? ¿O que Estados Unidos no se atreva a fomentar la democracia en sus fieles y despóticos aliados Egipto o Arabia Saudí, por temor a que el pueblo elija a otros dos regímenes islámicos radicales? Antiguamente era un artículo de fe que las elecciones libres y la forma norteamericana de vida iban de la mano. Durante la Guerra Fría nos convencimos de que ninguna nación había votado libremente bajo un gobierno comunista. Pero evidentemente el mundo posterior a la Guerra Fría es diferente. Sí, las raíces de la reacción violenta son anteriores a la presidencia de George W. Bush. Se remontan un siglo, a la era de la diplomacia de cañoneras en Latinoamérica y de la división imperial del antiguo imperio otomano para convertirlo en los modernos estados de conveniencia en el Medio Oriente, gobernados por dinastías instantáneas creadas por Winston Churchill y las compañías petroleras occidentales. Más recientemente, la reacción violenta refleja el resentimiento local contra el “consenso de Washington” –la imposición de políticas económicas de un solo tipo que han destrozado la seguridad local y dado ventajas a la clase global corporativa a expensas de la gente común. Pero no importa cuán complejas sus raíces, el resentimiento enconado se encuentra ahora incrustado firmemente en las culturas locales. Algunas de esas culturas tienen rasgos que son realmente odiosos según las normas universales, como la represión de la mujer, versiones brutales de justicia sumaria, y fanatismo religioso. Pero se convierten en profundamente populares precisamente por la incomprensión norteamericana y por sus intentos unilaterales de imponer su propio orden. Bush no es un hombre sofisticado ni de grandes lecturas. Lo que realmente sorprende es que la cábala neoconservadora de asesores que se hicieron del control de la política exterior, muchos de ellos intelectuales serios, pudieran creer que Estados Unidos podía simultáneamente promover la imposición indiferente de su poderío militar y esperar que la proliferación de la democracia produjera gobiernos populares que fueran también fieles clientes de EEUU. Dada esta reacción violenta, algunos neoconservadores últimamente han apoyado al imperio. Este, al menos, tiene la virtud de la consistencia. Pero el imperio no es precisamente atractivo para el público global, mucho menos es factible. El mundo que Bush heredó no era un lugar fácil para promover la sociedad civil al estilo de la de EEUU o un orden civil mundial. Pero Bush ha vertido petróleo en el fuego (o en su caso, fuego en el petróleo). Se necesitarán décadas para deshacer el daño y restaurar un mundo en el que pro-democracia signifique otra vez pro-Estados Unidos. Mientras tanto, nada necesitamos más en casa que un brote de democracia. Robert Kuttner es co-editor de The American Prospect. Su columna aparece con regularidad en The Boston Globe.
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